La primera vigilante líder sindical: «Los bancos nos sangran»

La tinerfeña Dolores Marta Espinosa, a sus 48 años, es una veterana. Fue la primera mujer en el sector de la vigilancia en presidir un comité de empresa con más de 500 personas en nómina. Una luchadora con muchos años de recorrido que, sin embargo, ha sido y está siendo víctima de lo que ella denuncia como una creciente “desigualdad” social que hace que mientras las compañías crecen y la economía da muestras de recuperación en lo que a sus indicadores macroeconómicos se refiere, algunos trabajadores estén pasando por los peores momentos que recuerdan. “¡Tengo que volver a casa con mi madre, con mis dos hijos mayores, como si fuera una adolescente de 17 años!”, clama esta mujer, cuya empresa, Seguridad Integral Canaria, hace muchos meses que no le paga la nómina. Según un reciente informe de Oxfan Intermon (‘¿Realidad o ficción? La recuperación económica, en manos de una minoría’) y en el que da su testimonio Espinosa, hay 10,2 millones de personas en España bajo el umbral de la pobreza.

Dolores trabaja de vigilante. Aunque no cobre. Una especialista en un mundo de hombres. Y una sindicalista líder en otro universo habitualmente masculino. “Cuando empecé a ir a reuniones como presidenta iba con un compañero asesor y el representante de la empresa siempre se dirigía a mi compañero varón. Tuve que enfrentarme y decirle: ‘¡Oye, que la presidenta soy yo, usted se dirige hacia mí!’. Espinosa se lamenta de que por sus circunstancias y su sexo “Han pensado siempre que era un eslabón débil por ser mujer y madre de dos hijos”. Y recuerda que la han “amenazado, despedido y machacado durante muchos años”. Precisamente por ser madre de dos hijos siempre ha tenido muy claro que debía transmitirles unos valores: “Les he explicado que en la vida te pueden quitar de todo, el dinero, la casa, el coche…lo que nunca te pueden quitar son tus estudios y tu dignidad”.

 Las cosas han cambiado mucho en los últimos años. Según Espinosa, para mal. “Antes teníamos un sueldo que estaba más o menos bien , pero al entrar la reforma laboral de 2012 todo cambió para peor y nos terminó de hundir en la miseria a los trabajadores”. Al poco de entrar en vigor esa ley, en abril de ese año, a ella la echaron a la calle. “Estábamos negociando el nuevo convenio y nos despidieron echaron por repartir panfletos. ¡Qué pensaban, que un sindicalista iba a repartir pasteles o helados!”, recuerda ahora con ironía y un punto de amargura.

Estuvo un año en paro y aguardando a que saliera el juicio que anulase su despido. “Luego volvimos todos a la empresa, pero esos meses son muy duros, te preguntas qué has hecho para estar así, ¿defender a tus compañeros?”. Sus dardos siguen apuntando a la reforma laboral. “No puede ser que el salario base esté por debajo del mínimo interprofesional. Antes me valía con mi nómina para alquilar un piso. Ahora, después de 20 años, tengo que ir con el aval de mi madre”. Según esta trabajadora que se define como “precaria”, lo que está sucediendo “es que las empresas quieren hacer una limpia de la gente con antigüedad y lo pueden llevar a cabo gracias a la reforma y luego encadenar contratos a los chavales”.

Machaque psicológico

Espinosa ha estado varios meses sin cobrar su salario. “Siendo mileurista monoparental con dos niños no tienes ahorros y llega un momento en que se te acaba el dinero en la cuenta. Entonces te entra el recibo de la luz y te lo devuelven”, explica antes de lanzarse a una espiral de penurias por las que ha pasado: “Psicológicamente todo esto te destroza. Te machaca que va a empezar el colegio y no les puedes comprar unas zapatillas a tus hijos. Es muy difícil explicarle a un menor que su madre va todos los días a trabajar pero no tiene dinero porque no cobra”. Cuando le preguntan que entonces por qué va todos los días a su ocupación laboral responde: “Porque si no me voy a la calle y con mi edad a dónde voy. Hay que aguantar”.

La realidad, es que esta situación en la que la empresa no les paga porque argumenta que no tiene liquidez a causa de que a su vez a ella le deben dinero las administraciones públicas, les está “machacando”. “Yo, aunque empezara a cobrar otra vez la nómina tardaría más de un año en recuperarme. Los bancos nos están absorbiendo la sangre”. Ahora tiene dudas incluso de si tendrá que dejar su casa y regresar tantos años después y con dos hijos al hogar de su madre, pensionista. Un testimonio disidente de los discursos que cierran la etapa de precariedad.

El Confidencial Daniel Borasteros · 21-ene-2018

Fuente: elconfidencial.com