Licencia para volar: así funciona una escuela de pilotos de drones

Si los Reyes Magos te han regalado un cuadricóptero, no pienses que solo se trata de un juguete para adultos con el que pasar buenos ratos. Profesionales del sector audiovisual, ingenieros, vigilantes de seguridad o expertos en tareas de salvamento pueden complementar su currículum obteniendo el certificado para profesionales de una escuela aprobada por AESA. Nos hemos colado en las prácticas de una academia para mostrarte qué hay que aprender para ser piloto de drones.
Después de obligarle a dar unas cuantas vueltas en el aire, probablemente te hayas imaginado incluso compitiendo en vertiginosas carreras cuando dejes de estamparlo contra el suelo.

También cabe la posibilidad de que sus Majestades de Oriente quieran ayudarte a encontrar trabajo como piloto profesional y te hayan dado el primer empujón para que acabes grabando vídeos, realizando tareas de rescate o vigilando la tierra con ayuda de tu ojo electrónico aéreo.

¿DÓNDE ME APUNTO?

Si volar tu dron solo va a ser una nueva afición, has de seguir las normas de seguridad de la Agencia Estatal de Seguridad Aérea (no superar los 120 metros de altura, no volarlo en zonas urbanas ni en aglomeraciones de personas al aire libre o no utilizarlo de noche), pero si vas a realizar una actividad profesional tienes que conseguir un certificado aprobado por un ATO, un centro de formación aprobada por AESA.

Así que antes de apuntarte a la primera escuela de pilotos de drones que te aconseje Google, es mejor que revises la lista de las casi sesenta ATO que imparten cursos en España, con precios que rondan los 1.000 euros. Como no todos los multirrotores tienen las mismas capacidades, solo vas a poder obtener la licencia de los modelos que las escuelas decidan. Los DJI Phantom son sin duda los más populares.

El Club de Vuelo TAS, que comenzó a organizar sus propios cursos incluso antes de que se aprobara la Ley 18/2014 que regulaba el uso de drones, es una de esas escuelas.

Aunque los primeros alumnos que se acercaban a esta academia provenían del sector audiovisual, los estudiantes de las doce promociones que han pasado por ella tienen intereses muy diversos. Ingenieros de diferentes ramas, agricultores, vigilantes o aficionados al aeromodelismo con ganas explorar la vertiente profesional son algunos de los perfiles más comunes.

Las clases de vuelo son casi personalizadas: dos instructores para cuatro alumnos
Dos alumnos del Club de Vuelo TAS sostienen un DJI Phantom 2 » Me da igual agricultura que seguridad, vídeo… Tengo un hermano en televisión. Me ha dicho que lo están usando y si se puede meter la cabeza ahí, pues muy bien», explica Boris P. G., uno de los alumnos del Club de Vuelo TAS. A diferencia de Boris, otros tienen ya definido su objetivo antes de comenzar el curso, como Antonio C. Diseñador gráfico y aficionado a los drones (se compró un modelo asequible para «coger un poco de mano»), el estudio en el que trabaja decidió que obtuviera la licencia para poder ofrecer a los clientes los demandados vídeos aéreos.

EL CALVARIO TEÓRICO ANTES DE DESPEGAR

Para conseguir su licencia, Antonio y Boris han tenido que superar primero la parte teórica. Sesenta horas en las que han aprendido reglamentación y derecho aeronaútico, navegación e interpretación de mapas, comunicaciones o conocimiento general de aeronaves. El curso está enfocado a todo tipo de RPAS (Sistemas Aéreos Pilotados de Forma Remota), desde aviones a helicópteros o multirrotores, así que los estudiantes tienen que hincar los codos y asimilar más nociones de aeronáutica de las que pensaban.

«Es como si te tuvieras que sacar lo mismo para transportar mercancías peligrosas que para una moto», critica Antonio C. «No podemos volar por encima de 4.000 pies y estamos estudiando vientos, nubes y rachas de 50.000 pies», añade Javier C., que describe la fase teórica como dura y tediosa.

Después de un intenso mes de teoría, llega la parte divertida: aprender cómo se maneja el aparato que permitirá a Javier grabar los «infinitos planos aéreos» que ya tiene en mente para sus vídeos. Eso sí, antes de volar un dron real, se han tenido que llevar el mando a casa para conocer los controles básicos con un simulador (hay varios disponibles, como Real Flight) y su propio ordenador.

El simulador les ofrece menos ayudas de estabilización que el dron real, así que cuando ha llegado al campo de vuelo para completar las cuatro horas de clases prácticas, despegar el cuadricóptero le ha resultado a Javier «más sencillo de lo que esperaba».

El instructor Jonathan Expósito (en el centro) indica a los alumnos las maniobras que deben realizar

Al fin y al cabo, el DJI Phantom 2 que ha manejado durante las clases dispone de sistemas de posicionamiento GPS para mantener la altura y la orientación, es capaz de estabilizarse y permanecer en un punto fijo e incluso sabe cómo volver a casa si pierde la señal con el mando. Programar la ruta es otra de las opciones que ofrecen cada vez más drones.

Las clases son prácticamente personalizadas: dos instructores enseñan a cuatro alumnos las maniobras básicas para volar, desde realizar un despegue vertical seguido de un vuelo, un viraje de 360 °, un circuito rectangular con aterrizaje o una ‘S’ con cuatro virajes. También han de conocer cómo montar el aparato o los procedimientos en caso de emergencia.

«Necesitamos muy buena capacidad de manejo espacial. Al final, vamos haciendo maniobras desde las más sencillas… Que la gente piensa que esto se levanta y se mantiene por sí solo», explica Jonathan Expósito, instructor de Tecnidron, empresa que colabora con el Club de Vuelo TAS. Aún con los sistemas de estabilización, hace falta cierta coordinación de movimientos y visión espacial para desplazar la máquina. Eso sí, al final todos los alumnos aplicados acaban superando el reto.

Más allá de ser un mero profesor, Jonathan intenta compartir sus propias experiencias con los alumnos y guiarles en los múltiples usos que pueden dar estas las máquinas. A veces, él mismo se sorprende con las ideas de los futuros pilotos. Un alumno le contó sus planes para descubrir setas en lugares ocultos con ayuda de su dron. «Puede ser un uso curioso, pero también hay que tener en cuenta la meteorología y que a lo mejor no es lo más adecuado», señala.

Expósito es uno de esos afortunados que ha convertido su pasión en su trabajo gracias a la popularización de los drones. Empezó con los coches radiocontrol hace unos años y se pasó poco a poco al aeromodelismo. Después de trabajar en una juguetería vendiendo aeronaves y de obtener la habilitación de piloto privado de avión, lleva un año trabajando como instructor de drones. Una profesión con futuro si tenemos en cuenta que, año y medio después de la regulación, ya hay 940 operadores de RPAS (tanto empresas como particulares) registrados en AESA volando sus drones con fines profesionales, casi el triple que hace seis meses.

UNA LICENCIA LIMITADA POR LA PROPIA LEGISLACIÓN

Aunque hayan disfrutado de la experiencia y tengan su licencia bajo el brazo, no todos los alumnos van a comprarse un dron profesional al acabar el curso. Algunos solo quieren dar un valor añadido a su formación. «Acabe de estudiar comunicación audiovisual hace un año y me parecía una buena forma de complementar al currículum», relata Patricia S., la más joven del grupo.

El elevado coste de los drones profesionales obliga a estos pilotos a pensárselo dos veces antes de comprarse un aparato. El precio del DJI Phantom, preparado para llevar una GoPro, es de unos 1.000 euros, mientras otros con cámaras capaces de grabar en formato 4K y en 360 °, como el famoso DJI Inspire que hirió a Enrique Iglesias durante un concierto, cuestan más de 3.000.

«El Phantom 2 lleva una cámara semiangular muy pequeña que da mucha resolución, pero deja muy limitada la grabación. Si quieres otro tipo de objetivo, implica que necesitas un dron más grande y necesitas sacarte otra certificación», lamenta Antonio C. Por el momento, la empresa en la que trabaja planea comprar el Phantom 3, pero si después quieren adquirir un modelo superior, Antonio tendrá que cursar las horas prácticas correspondientes.

Todos estos aspirantes a piloto se quejan además de las restricciones y las lagunas legales de la » primera regulación temporal»: las limitaciones en el espacio aéreo para uso lúdico y profesional son exactamente las mismas. Tienen prohibido grabar sobre parques de ciudades, playas llenas de gente, campos de fútbol, manifestaciones y fiestas o conciertos al aire libre, por lo que sus posibilidades a la hora de realizar vídeos se ven muy mermadas.

Algunos estudiantes, como Javier C., esperarán a que este año, previsiblemente, se apruebe la nueva normativa – que permitirá el vuelo de aeronaves no tripuladas en zonas urbanas acotadas o la posibilidad de sobrevolar más allá del alcance visual del operador – para comprar esa aeronave que se convertirá en una herramienta de trabajo. Mientras, el gigante chino DJI ha lanzado una versión ‘beta’ de un nuevo ‘software’ que impedirá a la aeronave sobrevolar espacio aéreo restringido de forma automática, sin que el piloto deba preocuparse.

«Yo siempre digo que cuando sales después del curso sales con la ‘L’, y luego se necesitan muchas horas de práctica», explica Mercedes Tera, instructora de Tecnidron. Los que tienen licencia pero no tienen dron siempre pueden seguir practicando con un simulador mientras esperan una oportunidad laboral que les permita demostrar sus conocimientos de aeronaves.

Fuente: eldiario.es

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